
Los desafíos de concretar una alternativa libertaria al modelo abriendo ventanas de entendimiento e integrándolas a nuestras vidas y a la vez construyendo marcos de comprensión que dejen obsoletas las armas que sustentan las distintas cárceles que hasta hoy conocemos con el nombre de naciones con las que se resguarda el derecho, la propiedad con que se uniforma nuestras consciencias y lealtades.
Al parecer nos faltan una serie de claridades antes de emprender esta acción que dista mucho de las de las guerras convencionales donde se depende de una serie de pertrechos: balas y materiales de destrucción, etc. Al contrario esta peculiar lucha se nutre de la capacidad de recrear la forma de hacer nuestras cosas, es decir, nuestra vida junto a las personas que conocemos y convivimos, la forma en que pasamos de un sobrevivir a un vivir pleno.
Reconozcamos que aquello que entendemos como sistema nos tiene por pieza fundamental, y que posibilita, soporta la explotación con cuyas necesidades se posibilita el capitalismo globalizado, al que nos oponemos sólo de manera discursiva – a mi modo de ver las cosas – .
De una u otra forma nos hemos transformado en presas y objetos sostenedores de lo que detestamos de nuestro enemigos y de sus ejércitos, tanto que creemos necesario tener sus armas, tener su poder y no reconocemos nuestras capacidad de asociación para darnos nuestra propia vida, es decir, anarquizarnos rebelándonos ante las dependencias que nos mantienen aglomerados en la comodidad esclavizante de la ciudad que se sustenta con nuestra supuesta debilidad, la dependencia cómoda de querer cambiar todo sin cambiar nada.
Es decir, pasar de acciones reivindicativas y de protesta coyuntural a una acción permanente de insurrección deslegitimando las formas establecidas de vivir y ganarse la vida, y darnos nuevas oportunidades de crecimiento y de vida a través de un trabajo liberado.
Es por ello que propongo en vez de aplanar calles en marchas muchas de ellas estériles, que son significativas sólo para quienes las organizan y participan de ellas pero que no necesariamente aportan o están en sintonía con la oposición concreta de construcción de espacios de trabajo; que a su vez den medios de vida entre cumpas y que sean una opción concreta al modelo y que vaya más allá de una declaración discursiva de estar en contra y que por no tener otro puesto de explotación y con el cual se es sumiso por necesidad y dependencia de los ritmos con que se nos marca a los viejos a los jóvenes y con las rebeldías mercantilizadas de los consumos autodestructivos.
El sin sentido de la revolución mal entendida, la rebeldía embriagada de sumisión que es la misión realizada del explotador que desea, alienta y promueve y premia esa rebeldía que conduce a la reproducción de la maquinaria con que sustenta el modelo del egoísmo y la competencia que atomiza a los seres humanos en sus pequeños mundos privados donde la frágil seguridad es la prioridad que se envasa en las murallas de prejuicios que impiden romper el cerco principal que nos impide a los seres humanos libertarnos, y más a los proletarios, pasar de actos revolucionarios efectistas que reafirman la solides (las cadenas) de un sistema que somos nosotros y que si no cambiamos no habrá revolución.
Y por otro lado, estamos todos caminado hacia la libertad y esto no es una competencia de quien construye un castillo más bonito o más grande, sino se esta basada en la idea de conquistar espacios de libertad y que nos permitan libertar más y más cumpas y no ser libres gracias a la esclavitud de otros.
Al parecer nos faltan una serie de claridades antes de emprender esta acción que dista mucho de las de las guerras convencionales donde se depende de una serie de pertrechos: balas y materiales de destrucción, etc. Al contrario esta peculiar lucha se nutre de la capacidad de recrear la forma de hacer nuestras cosas, es decir, nuestra vida junto a las personas que conocemos y convivimos, la forma en que pasamos de un sobrevivir a un vivir pleno.
Reconozcamos que aquello que entendemos como sistema nos tiene por pieza fundamental, y que posibilita, soporta la explotación con cuyas necesidades se posibilita el capitalismo globalizado, al que nos oponemos sólo de manera discursiva – a mi modo de ver las cosas – .
De una u otra forma nos hemos transformado en presas y objetos sostenedores de lo que detestamos de nuestro enemigos y de sus ejércitos, tanto que creemos necesario tener sus armas, tener su poder y no reconocemos nuestras capacidad de asociación para darnos nuestra propia vida, es decir, anarquizarnos rebelándonos ante las dependencias que nos mantienen aglomerados en la comodidad esclavizante de la ciudad que se sustenta con nuestra supuesta debilidad, la dependencia cómoda de querer cambiar todo sin cambiar nada.
Es decir, pasar de acciones reivindicativas y de protesta coyuntural a una acción permanente de insurrección deslegitimando las formas establecidas de vivir y ganarse la vida, y darnos nuevas oportunidades de crecimiento y de vida a través de un trabajo liberado.
Es por ello que propongo en vez de aplanar calles en marchas muchas de ellas estériles, que son significativas sólo para quienes las organizan y participan de ellas pero que no necesariamente aportan o están en sintonía con la oposición concreta de construcción de espacios de trabajo; que a su vez den medios de vida entre cumpas y que sean una opción concreta al modelo y que vaya más allá de una declaración discursiva de estar en contra y que por no tener otro puesto de explotación y con el cual se es sumiso por necesidad y dependencia de los ritmos con que se nos marca a los viejos a los jóvenes y con las rebeldías mercantilizadas de los consumos autodestructivos.
El sin sentido de la revolución mal entendida, la rebeldía embriagada de sumisión que es la misión realizada del explotador que desea, alienta y promueve y premia esa rebeldía que conduce a la reproducción de la maquinaria con que sustenta el modelo del egoísmo y la competencia que atomiza a los seres humanos en sus pequeños mundos privados donde la frágil seguridad es la prioridad que se envasa en las murallas de prejuicios que impiden romper el cerco principal que nos impide a los seres humanos libertarnos, y más a los proletarios, pasar de actos revolucionarios efectistas que reafirman la solides (las cadenas) de un sistema que somos nosotros y que si no cambiamos no habrá revolución.
Y por otro lado, estamos todos caminado hacia la libertad y esto no es una competencia de quien construye un castillo más bonito o más grande, sino se esta basada en la idea de conquistar espacios de libertad y que nos permitan libertar más y más cumpas y no ser libres gracias a la esclavitud de otros.